domingo, octubre 31

donde se refieren las peripecias de una joven artista incomprendida y de cómo afrontaba la vileza del mundo que conspiraba contra ella y se empecinaba en ignorar olímpicamente su maestría

tratábase de una tonta aspirante describiente
que mascullaba entre dientes
chicles de amarga ponzoña:
era invidiosa, la doña, de un verdor ensortijado
ponía mucho cuidado
en sus tristes disparates
de felicidad cariada
o
de barbijo dislocado.
si leía a un compatriota que su destreza luciera
en el manejo del verbo,
la sutil elocución,
se le enrulaban las crenchas y comenzaba a gritar:
no hay más que palabras hueras
florituras del hablar
para mandarse la parte,
el tipo es un fanfarrón.
si una autora conmovía su podrido corazón
lo negaba con denuedo
pretendiendo indiferencia
comentarios profería:
son todas cursilerías
del más bajo escalafón.
si la razón de algún otro engendraba silogismos
de esos que pasman al sabio
por su cristal brillantez
diría: le falta arte,
es frío como el invierno
del infierno desconoce la promiscua calidez.
nada nunca le placía,
ni el sentimiento
ni el tino
ni el barroquismo dorado
ni la prosa desolada
ni los versos desbordados.

como ella nadie escribía:
justa
certera
mordaz
rebosante de talento
elocuente y perspicaz.
esperaba ansiosa el día en que alguien la descubriera
como a la pepita de oro
y con amor le dijera:
tu obra es la más mejor que jamás haya leído
un sol entre las estrellas
una perla en una almeja
de playboy una coneja
del fútbol un goleador.
el tiempo se le pasaba, el editor no venía
y la invidiosa notaba que los demás escribían
y sus obras publicaban
una tras otra: malísimas.

en soledad repetía:
el universo va a ver
de lo que soy capaz
se lo pierden los demás
porque no saben leer.

je!

martes, octubre 26

en un lugar una mancha...

Entra en la confitería, elige una mesa que en realidad lo eligió a él quién sabe hace cuánto. Espera que le traigan el café con dos medialunas de manteca, por favor, pedido ocioso que jamás termina porque las medialunas de este bar son demasiado dulces y se pegotean irremediablemente en los dedos. Nota mental: la próxima pedir de grasa. Pero se le olvida o el mozo se anticipa cada vez con el consabido ¿lo de siempre? Y bueno, para qué rectificar, así de inoperante se ha vuelto su voluntad y tener una voluntad inoperante es lo mismo que no tenerla. O casi. Abre el diario. Ah, otro secuestro y continúan. Podrían secuestrarlo y él nunca se daría cuenta. Moroso, sacude el sobrecito del azúcar por el ángulo: ahí nomás ve la mancha en la taza, una mancha de rouge, imperecedera, coralina. Ha resistido, la pobre, los embates de esponja y detergente, la disciplina del lavacopas. O bien: en este lugar no se limpia la vajilla como Dios manda. De todos modos a Isidro no le interesa elevar queja alguna por la evidente falta de higiene, al contrario, en cierta forma le agrada esa negligencia de bar de mala reputación. Prefiere ponerse a imaginar, a tratar de reconstruir la boca que pudo haber dejado la mancha en el filo de la taza: la presión leve de los labios sobre la porcelana tibia, los surcos verticales impresos con indulgencia, tal vez luego de unos sorbos, cuando el café se hubiera enfriado un poco, el sabor del rouge mezclado con café, con la saliva de la autora. Se empeña en recorrer el camino que lo lleve de la taza a la mujer, de la huella casi imperceptible a la carne, a la sustancia genitiva. Una mujer como Manuela, por ejemplo, nunca podría acreditarse esa clase de mancha porque ella no se pinta la boca ni aunque se lo rueguen. Isidro piensa en el rastro que desparraman los caracoles sobre las hojas de las plantas, tal vez la boca de esa mujer equis tuviera la consistencia de uno: la blanda humedad de un caracol de tierra. Equis, querida, tus labios son de una molusquez arrebatadora. Vuelve a la mancha y se le eriza la piel. Se apuercoespina. Pensar que esa mujer extraña ha dejado aquí su sello, Equis, para que yo edifique su presencia, su precaria humanidad. Como una gota de sangre o una de orín que a la deriva cayera por el mingitorio. ¿De orín? Absurdo: nunca le hubiera interesado construir la imagen del dueño de la gota. Revuelve el café. Toma un poco, del lado de la mancha, y se demora voluptuoso hasta que cómo va la cosa, Isidro, y se desarma. Eh, bien, manchando. Equis se le desvanece en pleno sobresalto. Pero la mancha sigue ahí, imperturbable.

viernes, octubre 22

donde se cantan alabanzas a la obra divina y los seres que de ésta participan y se concluye que el universo es necesario aunque no siempre justo

qué fea es la cucaracha
--bramó una mosca peluda--
qué feo el escarabajo
con su coraza tan dura
qué feas son las babosas
que van largando pegote
sobre el piso de baldosas
casi sin que se las note
qué feo que está el gusano
pinchudo, retorcijado
escupiendo guarangadas
tras un bicho colorado
qué feo que es el mosquito
que jode sin compasión
a grandes y a chiquititos
mientras zumba su canción
qué fea misia la araña
que tejiendo a toda marcha
te atrapa con saña y tino:
y en un descuido te garcha
qué feas las chinches verdes
melindrosas, saltarinas
qué fea cuando te muerde
la garrapata asesina
qué feos los caracoles
en sus casitas redondas
qué feos los abejorros
y su busardas oblongas
qué feo el bicho de luz
que se las da de farol
qué feas son las hormigas
con sus culos de charol.

del señor esta es la viña
aceptarlo es menester
ya lo confesó agustín
cojiendo a todo cojer.

por eso yo que soy linda
nunca me asombro de nada
aunque la espalda no muestro
por si me clavan la espada.

miércoles, octubre 20

Tomo sol, me tomo al sol. Mientras garrapateo frases que no mías en libreta y me recuerdo: pasándole la lengua a las paredes en: Sevilla, Granada y dónde más. A hurtadillas, sin que nadie se entere de lo absurdo de mi cometido. Eso: desenmantelar el gusto de la piedra. O apoyarme las mejillas en el suelo, o hacer columna-brazos narizaplastada, o recostarme los omóplatos al piso y releer los techos del Alcázar, querer pertenecer a gineceos de otras épocas, pensar en cómo habría música en la respiración de la odalisca complaciente y dónde desvergüenza y el califa y cuánto. La experimentablución del centro sensorial, el aprehender, quererlo todo. Entonces en los viajes abrazarme a las estatuas, replegarme contra un muro y procurar sentir al tiempo --ese paciente horadador, el que no larga prenda--. Caerme en un lugar comunidiota, abandonar las piernas y las manos. Sublevar la vista y no, por qué sólo mirar (odiar con empecinamiento montaraz a los carteles de esto no se puede, aquello está prohibido, estotro reservado para el personal). Tocar. Oler. Dejar al cuerpo ir por lo suyo. Decir: yo quiero ser la piedra medieval, la piedra que se cuece al sol, la que se enfría y resquebraja aguantadora, la del peso de los siglos, la que en la eternidad se ablanda o se hace polvo y al final perece, la piedra contra la que se aman los unos locamente, contra la que se matan inútilmente otros, la desgarrada piedra del torreón. Decírmelo furtiva en el silencio de la con-templación, sin que se note mi voracidad, sin que se sepa y en el mientras tomar fotos para un álbum que no importa.

sábado, octubre 16

Soy el badajo de la campana, contestó el hombre del casco, ese es mi trabajo aquí en el convento. Le explicó a Pedro que debido a la prosperidad de que gozaba la industria en el pueblo y alrededores, el badajo anterior había sido donado para una fundición; dada la importancia de la campana se declaró crucial el reemplazo del badajo y era por eso que él llevaba ese casco en la cabeza. Le mostró cómo por medio de un complicado arnés se ataba de los pies y cómo se balanceaba de manera de producir esos tañidos tan especiales que Pedro había escuchado al llegar al pueblo. El hombre se sentía orgulloso: en honor al progreso se había creado ese puesto y aunque no fuera lo que él soñó, estaba conforme ya que resultaba mucho mejor que otras tareas en las que había trabajado. A Pedro le pareció que, después de todo, había valido la pena quedarse en el pueblo: seguramente habría algún empleo esperando por él. Así se lo manifestó a su compañero. Por supuesto que encontrará trabajo, le dijo el hombre mientras se lustraba el casco, es posible que aún queden vacantes en la plaza. Los bancos de la plaza antes eran de hierro pero también ese hierro se había donado a la fundición como tantos otros objetos y era necesario asegurar el correcto funcionamiento de los espacios públicos de esparcimiento y recreación. Él mismo había sido banco de plaza: podía resultar agradable si se sentaba alguna señorita, pero cuando el que se acomodaba repantigadamente a pasar la tarde alimentando a las palomas era un jubilado, la situación adquiría otro cariz. Era sabido que en el pueblo las señoritas no acudían a la plaza puesto que estaban demasiado atareadas por lo que el hombre había decidio hacer de badajo tan pronto se le presentó la oportunidad. No obstante, para empezar, no estaba nada mal y si Pedro no se oponía, él podría contactarlo.

viernes, octubre 15

cansancio que palabras que fatiga
pesadamente hidrópicos delirios
acicate del ser
pensadamente
errante marra el blanco
aciertas horas vedas
silenciar el bocho he menester
bizcocho humedecer
en chocolate amargo
y a correr

charadas divinanzas en un libro
compiladas a estudiarlas
tarde arribo
abajo indómita sonrisa
merecía memecía
metrovías
oprimiendo la sordina el tren se fue
y una bocina luciné
se me endilgó un paquete
que desempolvar
finiquité

parpando párpados de sueño
insiste luna lóbrega
vidriada
en la paredra de
la casa mía mía la ventana
mío el tiempo
mías las vasijas rotas
la pulsión
la réplica
la estafa

jueves, octubre 14

En el instante en que estaba a punto de caer dormido oyó una melodiosa voz baritonal que le decía “buenas noches”. Pedro creyó que se trataba de un sueño y decidió no hacer caso: seguramente la fatiga estaría jugándole una mala pasada. “Buenas noches” volvió a oír ahora un poco más cerca. Pedro se incorporó y vio que frente a él estaba de pie un hombre fornido, de escasa estatura, de aspecto un tanto cansado que llevaba un casco hierro en la cabeza. El casco era llamativamente redondo y estaba pintado de rojo. Por alguna razón Pedro recordó al hombre bala de un circo que había visitado en su niñez. No pudo menos que sobresaltarse de modo que el hombre del casco tuvo que repetir el saludo como si con su insistencia intentara confirmarle lo real de su aparición. Por fin Pedro reaccionó, balbuceó unas disculpas y le dijo que en realidad no esperaba encontrar a nadie ya que se suponía que el campanario era el último sitio que quedaba libre en el pueblo para pasar la noche. En efecto, así era pero eso no significaba que Pedro sería el único inquilino: el hombre también pernoctaría en ese lugar. Es más, el hombre pasaba allí todas las noches e inclusive los días ya que trabajaba en el campanario. Pedro le preguntó si él era el campanero del campanario y el hombre le contestó que algo parecido. ¿Algo parecido?

martes, octubre 12

en habiéndole un hecho recordado que la vida es fragímera y delicada como crisálida de mariposa

es el angusanado devenir, deir que se presenta
con aleatoriedad itinerante
la determinación no sierpe cuenta
tórnase nimio el existir
y es que una mordedura
-perra solitaria-
para el fin
perece suficiente

ludir resta, morigero angustia
de cortedad mortal
pende la vida
en un estambre guárdase
el secreto: plañir ya no,
habrá sonriente
guiño
habrá calor
girasoleado en siestas horas
habrá cadabra magia
brazalete
abrazos besos por si acaso así no fuera
sufrirsiempre

domingo, octubre 10

En honor a mi querida Luc, otro diálogo de garcha:

...

Más tarde, en el piso de la calle Libertad, las hermanas Iturralde discuten. O más bien Manuela se dispone a socavar información confidencial oculta tras su hermética hermana que nada quiere confesarle. Manuela quiere saber qué es lo que, realmente, pasa entre su hermana Cecilia y Facundo (boludo) primogénito de la familia Guzmán.
Zoom.
Manu y Ceci.
Manu manuelita pregunta y arremete. La toma por sorpresa, a su hermana.
-Dale Cecilia contame por favor contame. Ustedes ya lo hicieron.
-Qué cosa. -dice Cecilia mientras se pone un camisón cortito, con breteles que parecen de hilo de coser, de esos que a Manuela todavía no le compran porque mamá dice que es una nena, que esas cosas no son para ella.
-Dale, ya sabés. -insiste Manuela, curiosa.
-Dónde dejaste el vestido que te presté.
-Ustedes se acostaron.
-Quién.
-Vos y el salame de Facundo.
-No le digas salame a Facundo.
-¿Qué querés que le diga? ¿Mortadela? Además, la verdad no ofende.
-A vos porque te gusta.
-Nada que ver, me parece un idiota. Pero no cambies de tema, Facundo y vos, ya cojieron ¿no?
-Nena, qué te pasa, estás loca. No seas guaranga y devolveme mi vestido que me lo vas a arruinar.
Manuela se va enojada y al rato vuelve con el vestidito azul hecho un bollo. Lo tira en la cama de su hermana y le dice:
-Tomá, para qué lo quiero si me queda horrible. Además, yo sé que vos y Facundo: traca-traca.
-Mirá lo que le hiciste al vestido. Nunca más te presto nada.
-Traca-traca.
-Manuela dejate de estupideces, querés.
-Manuela dejate de estupideces, querés. Pero si tengo razón. ¿O no? Yo los ví besándose el día de tu cumpleaños.
-¿Qué tiene de malo besarse? Vos de la envidia.
-Nada. Besarse no tiene nada de malo. Pero...
-Pero qué.
-Eran de lengua los besos ¿no?
-Basta.
-¿No te dio asco con los aparatos? Seguro que te dejó la boca como carne picada.
-Te dije basta Manuela.
-Además, hay otra cosa.
-Qué cosa, a ver con qué gansada salís ahora nena.
-Gansada no. Es importante. Digo yo, Facundo parece muy boludo pero yo me pregunto, yo me pregunto señoras y señores del jurado: ¿dónde estaban las manos del acusado, el señor Facundo Guzmán la noche del catorce de octubre? No sólo las manos. Atención. El pueblo quiere saber más: el pueblo exige que se le informe dónde tenía puesta la.
-Bueno. Terminala, a vos qué te importa Manuela. Además, si pasó algo no te lo voy a contar justo a vos.
-Por qué a mí no si soy tu hermana.
-Pero sos chica y sos una metida y vas a andar con cuentos.
-No soy tan chica: en dos meses cumplo quince. Además, yo si quiero también puedo Cecilia.
-Vos lo único que podés es irte a dormir ya mismo.
-Me tenés que contar, Ceci dale, por favor, cómo es, qué se siente, te gustó. ¿No te dio miedo?
-Sos una pendeja Manuela. Terminala.
-Claro, claro, porque vos sos adultísima. Lo que pasa es que vos tenés diecisiete y ya lo hiciste y por eso te creés que.
-Y qué con que tengo diecisiete.
-Viste, lo hicieron y no me lo querés decir.
-¿Y para qué querés saber? Mirá que sos pajera Manuela. Qué te importará a vos lo que yo hago o dejo de hacer. Ahora salí de acá y dejame en paz.
Guerra de almohadas.

jueves, octubre 7

hacer hablar a la puta.
era una de las tareas prendientes.
como contestación, una sentencia, todo en una.
la universa.
¿desde cuándo?
claro, no decir: también soy parte, verse como tal.
más bien: los otros son mis partes, me compongo de.
figuras y silencios y compases de amalgama.
ama al gama.
qué estupidez, el lado femenino, el complemento agente.
te recuerdo que me debes una, vis a vis.
desde el centro de la sol, la edad que se disipa.
¿desde cuándo?
un desiderátum, entreveros varios, entreversos y respuestas.
la Univer SA.
y aquel noble caballero quien arroja
en ademán cortés
su negra capa al suelo
para cubrir el charco
-que la drama pisa-
el insondable charco
turbio charco
barro
charco del deseo.

martes, octubre 5

toc! toc!

¿y?

lunes, octubre 4

prescindente de principios y finales
medrando decisión
preguntó precio
¿ha usted de tener?
por cierto, cuesta cinco, vale cientos
deme si gusta uno ahora
no puedo, suspiró:
el adúltero
no exhibe
bajo el cielo lo que falsa
ay, entonces luego vuelvo
a por eso que preciso
se lo ruego
ya verá que a su regreso
lo que usted busca tendrá

(en el mientras
continuaba atraidorado y sombroso
ofreciendo sus servicios
a quien comprarlos quisiera
espurios hijos copiados
sin filiación
sin prosapia
por tres
monedas se venden
a la vuelta
de la esquina)

volvió tan luego
el reloj
la arena despilfarrara
¿lo tiene?
sí, por supuesto: honrar suelo mis promesas
llévese lo que pidió
y utilidad le confiera
si puede y si no lo hiciera
no se tremole
ni sufra, porque
acontecen a veces cuestiones
inesperadas:
se acuartelan las palabras
la sintaxis constipada no da lugar
a las frases
evapórase la tinta y con ella las ideas
literar no es para todos...

[de redonda el silencio sostenido]

¿sabe?

¡!

partir mejor será sin
que se note.