nueve años. nueve años, eso es lo que te toca, eso es lo que tenés que masticar de a poco, la edad de tu hija, la esperanza de tu hijo, el amor inquebrantable de aquella que te adora sin saber por qué, a pesar de la locura y de la enfermedad, a pesar de la miseria, a pesar de la interposición de libertades truncas. de tiempo que es eterno, que no tiene otra explicación que la del sometimiento de nuestras voluntades, de tiempo que jamás termina porque lo que se termina somos nosotros, de tiempo ahora es tu casa y tu confinamiento, de tiempo que no se agota como no se agotan las estrellas.
y en algún lado hay alguien que detesta lo que escribe, pero escribe porque siempre existen esos huecos de impotencia en los que no cabe hacer otra cosa, porque la compasión le inunda los ojos, porque al mismo tiempo está presente (como un cuchillo clavado con furia en la madera) la contradicción desconsolada del alivio. hay alguien que detesta lo que escribe porque no lo entiende, porque hay tantas cosas que no entiende y no puede evitar pensar que menos mal y en realidad, no hay menos mal.
viernes, marzo 26
lunes, marzo 22
Somewhere between surrealists & Tinto Brass
Luego de interminables días de vagabundeo por la Patagonia, para festejar el reencuentro con mi querida ciudad de Buenos Aires fui a ver una película de la que sustraje este interesantísimo pasaje (a pesar de haber quedado inconclusa la proyección por dificultades de índole técnico):
“What is love but nature’s innermost principle in action?”
Richter, Dreams that money can buy
Además, leyendo a Melville di con el siguiente párrafo:
“No man prefers to sleep two in a bed. In fact, you would a good deal rather not sleep with your own brother. I don’t know how it is, but people like to be private when they are sleeping. And when it comes to sleeping with an unknown stranger, in a strange inn, in a strange town, and that stranger is a harpooner, then your objections indefinitely multiply”
Melville, Moby Dick
De manera que tras arduos debates internos acerca de la naturaleza del amor, y luego de poner a prueba mi incesante capacidad de análisis, he podido extraer el siguiente corolario:
“El que se acuesta con arponeros desconocidos, amanece ensartado como pollo al spiedo”
Si la experiencia individual dicta lo contrario, o bien no se trataba de un arponero desconocido, o bien el personaje en cuestión no se dedicaba a cazar ballenas.
Es todo por hoy, su señoría.